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Esta entrada es bastante especial y muy diferente al resto. Es la entrada más personal que he escrito hasta ahora y espero que ayude a mujeres que hayan podido o puedan pasar por una situación parecida.

A lo largo de esta entrada te hablaré de embarazo, parto, el sentimiento de culpa y de qué manera puede llegar a afectar a la forma en la que crías o educas a tus hijos.

AVISO: Se utilizará el masculino como generalización, para hacer referencia a masculino y femenino. No se trata de un tema de exclusión ni machismo. Se trata de agilizar la lectura y escritura y hacer el texto más ligero.

CONCEPTO DE MATERNIDAD

Para poneros en antecedentes: tengo un hijo de casi 4 años y estoy a punto de dar a luz a una niña.

Antes de mi primer embarazo, el concepto que tenía de la maternidad era eso que te pasaba tan sumamente maravilloso. Primero una llamada a ser madre. Seguido de un embarazo donde gestas una vida y donde experimentas sensaciones únicas y envidiadas por muchas otras personas. Para terminar en un parto (doloroso o no) en el que te enamoras profundamente de tu bebé cuando te lo ponen encima y donde sientes una conexión como nunca antes la habías sentido.

¿Me alejo mucho del concepto que tenéis o teníais vosotras?

Lo llamo concepto y no expectativas porque crecí convencida de que la maternidad ERA así, a grandes rasgos, para todas. Por lo tanto, no era algo que esperaba que pasara, sino algo que estaba segurísima de que iba a pasar.

EL DESARROLLO EN LA EDAD ADULTA

Recuerdo que todo nuestro entorno comenzaba a formar familia y a mi el famoso instinto maternal no me aparecía por ningún sitio. Llegó, sí, ni pronto ni tarde, simplemente cuando tenía que llegar.

Eran ya muchos los embarazos y partos que había habido a mi alrededor y todos parecían estar cortados por el mismo patrón: un embarazo maravilloso, un parto con más o menos dolor (dependiendo de si la epidural la habían puesto bien o no), un postparto genial (recuerdo comentarios del tipo “es una máquina, al día siguiente de darle el alta estaba en la calle paseando y se fue a comer por ahí”, “bueno, es que no está enferma, sólo ha dado a luz” … ¿Sólo? Sólo dice!!!!).

En los casos de cesáreas, ídem de lo mismo, geniales y maravillosas sin casi dolor ni post-parto, como si no hubieran dado a luz vaya!. Y la cuarentena ni os cuento…como si no existiera, bueno…miento…¡¡que los punto me tiran un poco pero estoy estupenda!! Las lactancias eran igual de geniales cuando las había, y si no las había no pasaba nada porque con biberón se crían estupendamente, no es necesario sufrir tanto y así te repartes el “trabajo” con tu pareja, me decían. Todos los bebés dormían toda la noche desde casi el principio. En definitiva, la maternidad era taaaan genial que no había palabras para describir lo que se sentía.

Sólo recuerdo un caso de una amiga que confesó que el postparto estaba siendo duro a nivel emocional. Estaba baja de ánimo, lloraba muy a menudo, y casi no tenía ganas de salir de casa. Los comentarios del entorno eran siempre los mismos: “es que tiene problemas de antes”, “es que es una blanda”, “es que es muy exagerada”, “es que no es para tanto”, “es que, es que, es que”.

Y ENTONCES…

Y entonces llega la famosa llamada. Tras ciertas circunstancias, que no viene al caso comentar, y más de un año después, ¿adivinas qué? Sí, llega el día del positivo. Y ya, para empezar, te planteas cómo se lo vas a decir a tu pareja, porque claro, te habían contado que ese momento era especial y que había que hacerlo de una manera especial. Allí estaba yo antes de decidir si abrir el test o esperarme, pensando: “si da positivo le preparo una cena y le doy la sorpresa”, “¿Y si se lo envuelvo en papel de regalo?”, “O quizá le puedo mandar un wassap (no por dioss!! Qué impersonal!!)” Pues oye, mira, que me hago el test delante de él, que si yo me entero meando en un palito y sin florituras porqué motivo se lo tengo que adornar. Pues nada, dicho y hecho.

Ya cuando aparecieron las dos rayitas la mezcla de emociones fue brutal. Por un lado alegría, emoción, ganas, …, pero por el otro, miedo, mucho miedo, incertidumbre, vulnerabilidad, …, ¿y si algo sale mal? Bah! Mujer!! No pienses eso que sino te vuelves loca. Ya!! Claro!! Fácil decirlo, pero todos sabemos que hay embarazos que no llegan a término o que el parto no sale como se espera. Y ese miedo y esa incertidumbre me acompañaron hasta el último momento. Eso sí, sin hablar de ello más que con 3 personas porque sentía que los juicios de los demás pendían sobre mi cabeza como cuchillos deseando clavarse en la carne.

Empiezan a pasar las semanas. Las enhorabuenas. Los “disfruta el embarazo que es muy bonito y pasa muy rápido”. Los “qué bien!! Aprovecha ahora que luego no podrás descansar!!” (eing!? ¿pero los bebés no duermen toda la noche?), etc. Y con las nauseas como compañeras de viaje y un cansancio agotador como no conocía antes, empiezo a plantearme si estoy siendo un bicho raro o es que hay algo que nadie antes me había contado. Sí, lo sé, lo de las nauseas y el cansancio se sabe, pero no hasta el punto hasta el que se puede llegar a producir.

Y entonces hablé con mi matrona en un acto de valentía importándome tres pimientos que pensara que era una blanda. Y me tranquiliza. Me dice que es normal. Me da algunos trucos y me dice que me cuide y descanse todo lo que pueda. Salí de la consulta pensando: “Vaya!! Parece que no soy tan bicho raro… me ha dicho que es muy común”.

Un día esas nauseas desaparecen. La barriga empieza a crecer. Y entonces empiezan otra serie de dolores físicos. Y a nivel emocional, ¿para qué contarte? estaba hecha una auténtica montaña rusa. Tan pronto estaba riéndome como si no hubiera un mañana como enlazaba con un llanto de bebé de los que no tienen consuelo. Empezaron a dolerme los flexores de cadera, me dolía la piel de la barriga, se me pinzó algún nervio que otro, las lumbares sentía que las tenía partidas en trozos y otras muchas cosas de las que nadie nunca me había hablado.

Llegué a la ginecóloga, se lo conté y me dijo que era normal.

Llegué a la matrona, se lo conté y me dijo que era normal.

Y lo único que yo pensaba era: “muy normal no debe ser porque a mí esto no me parece maravilloso”. ¿Único? Sí. ¿Maravilloso? No.

Algo me debía estar pasando porque lo único que me parecía asombroso era pensar que dentro de mi cuerpo latían dos corazones, tenía dos cabezas, 4 piernas, 4 brazos, …, todo lo tenía por duplicado. Y sentir cuando se movía, era genial. ¡¡Se está gestando una vida dentro de mí!! O como le decía a mi marido: “tengo un alien moviéndose ahí dentro”. Pero no podía salir a pasear, cojeaba, me sentaba cada poco del dolor que tenía y anímicamente estaba destrozada.

Además, se añadía un sentimiento de culpa importante. Culpa por no ser capaz de disfrutar de lo que se suponía que todas las mujeres disfrutaban. Culpa por estar deseando que naciera y se terminara el dolor. Culpa por no estar ágil como estaban otras mujeres en mi estado. Culpa por quejarme por algo que se suponía que era tan bonito y que no todas pueden vivir.

Se acercó el momento del parto…cesárea programada!! Mi hijo decidió colocarse de nalgas.

No llegué al día programado. Tengo un hijo tan “cachondo” que quiso salir la noche antes. En dilatación me pusieron monitores y decidieron esperar a la mañana siguiente para hacerme la cesárea. Pero algo no fue bien. Me puse de parto en 15 minutos y había que correr.

Me pusieron la raquídea (la anestesia que te ponen cuando es parto por cesárea). Pero no podían esperar a que me hiciera efecto, así que decidieron dormirme.

Desperté desorientada, no sabía qué había pasado, si estaba embarazada, si había perdido el conocimiento, si el embarazo había sido un sueño. No había casi luz, era de madrugada, sólo oía pitidos, respiraderos, sentía angustia, ¿por qué tenía el oxígeno puesto?

Llegó la enfermera: “has tenido un niño precioso y muy sano. En cuanto puedas mover las piernas te subimos a la habitación”. Me puse las manos en la barriga, ya no era tan grande, no podía mover las piernas, se me cerraban los ojos. Cada vez que los abría intentaba moverlas. Sólo quería ver a mi hijo, conocerlo, ver que estaba bien, hacer piel con piel, sentir esa conexión de la que me habían hablado tantísimo. Pasaba una hora, y otra, y otra…¡¡4 horas y media hasta que pude moverlas!!

Me suben a la habitación, lo oigo llorar antes de que entren mi cama y me emociono. Tan pronto me acomodan en la habitación, veo como mi marido se me acerca y me coloca a mi hijo en el pecho. “No, no, cógelo!! No me lo des. Cógelo!!” fue lo que acerté a decirle. No sentí ninguna conexión. No sentí un amor a primera vista. Estaba cansada. Se me cerraban los ojos. No tenía fuerza. No me sentía madre. No sentía que había dado a luz. Sólo quería dormir.

Y ahí estaba de nuevo….Culpa!! Culpa por no haber podido parir de manera natural. Culpa por no haber podido tener una cesárea normal. Culpa por haber estado más de 4 horas sin ver a mi hijo. Culpa por no ser capaz de sostenerlo en brazos cuando me lo dieron. Culpa por no sentir esa conexión. Culpa por no haberme enamorado de él a primera vista. Culpa por no sentirme madre en ese momento. Culpa por no sentir que había dado a luz. Culpa, culpa y más culpa.

Media hora más tarde, a las 5 de la mañana, pude cogerlo, ponerlo en mi pecho y sentir su calor. Pero no me sentía madre. Seguía sin sentir esa conexión ni ese enamoramiento. Bueno…quizá estaba demasiado cansada.

El postparto fue duro también. Me mareaba si andaba mucho, me dolía la cicatriz, me tenían que ayudar a levantarme y a sentarme y, por si fuera poco, mi hijo estaba hora y media en el pecho y 10 minutos durmiendo DÍA Y NOCHE!! No te imaginas lo que se te puede ir la cabeza cuando llevas 15 días sin apenas dormir, literalmente.

Y A QUÉ LLEVA LA CULPA…

¡A la compensación!

Lo único que sí que podía hacer por él era darle lactancia materna. Fue duro, muy duro. Mi hijo había nacido con un frenillo que no se podía cortar si no era en quirófano, por lo que el agarre al pecho no era el adecuado. Infecciones, mastitis, dolor. Las recomendaciones era que lo dejara, que le diera biberón. Busqué ayuda en mil y una partes. La respuesta siempre era la misma: “la lactancia hay que disfrutarla, no sufrirla”. Dos meses y medio de antibióticos, muchas lágrimas cada vez que tenía que darle de comer, muchas noches sin dormir. Y lo único que pensaba era: “si esto es la maternidad, que se pare el mundo que yo me bajo”.

25 meses de lactancia, de los que sólo disfruté los 12 últimos. Y ¿por qué? Porque era mi obligación. Era lo menos que podía hacer. No había podido tener un parto natural, no había sentido esa conexión (ni ninguna otra), la maternidad me parecía un engaño, …, y eso no estaba bien!!! Qué mala madre era!! Era justo que sufriera porque debía compensar todo lo demás.

LO QUE SUCEDIÓ DESPUÉS…

Al principio sólo hablaba de cómo había vivido la maternidad con mi pareja y mis amigas más cercanas. Tenía miedo de lo que pudieran pensar de mí los demás y, sobretodo, las otras madres y aquellas que querían serlo y no podían.

Y sucede la magia…Cuando muestras tu vulnerabilidad, tus miedos y tus emociones, le das pie a los demás a que muestren la suya. Cuando empecé a contar cómo había vivido el proceso entero, desde el embarazo hasta el post-parto, empezaron a salir testimonios, emociones y experiencias muy parecidas a la mía.

Entonces decidí contárselo a mi matrona en uno de los talleres de lactancia. Y allí, rodeada de mujeres, con la voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas, me atreví a contar mi experiencia y mi punto de vista. Y siguieron surgiendo testimonios similares. No iguales, pero parecidos. Mujeres cuyos embarazos habían sido duros y dolorosos, otras que decían que tampoco habían sentido esa conexión tras el parto. Otras muchas que hablaban de la presión social que sentían que las obligaba a hacerse las “fuertes” cuando lo único que querían era descansar y no moverse de casa, hasta el punto de no abrir la puerta y hacer como si no hubiera nadie cuando recibían visita.

En definitiva, mujeres a las que, como a mí, se les había caído el mito de la maternidad.

LA FAMOSA CONEXIÓN

Pese a saber que no era la única que sentía lo que sentía, La Culpa seguía conmigo. Algo no iba bien. Me mataba no sentir esa conexión y sólo sentir cansancio y preocupación. Sí, preocupación. Preocupación por si mi hijo respiraba o no. Si estaba bien. Si le podía pasar algo. Había tomado conciencia de que no tenía el control sobre nada.

Por recomendación de mi matrona, seguimos haciendo piel con piel en casa. Cuando teníamos un ratito, ahí estábamos los dos, sintiendo el calor el uno del otro. Alucinante cómo se llegan a calmar cuando los pones encima de ti.

Y sí….la conexión llegó!!! Ese enamoramiento del que me habían hablado llegó. Llegó casi 5 meses después de lo que se suponía que tenía que llegar, pero llegó. Un poquito de menos culpa. Todavía un gran camino por recorrer.

UN RESUMEN DE LO QUE VINO MÁS TARDE…

Empecé a formarme en coaching, a hacer procesos de crecimiento personal, a “trabajarme” esas cosillas que todos tenemos dentro y que nos duelen. O, como digo yo … “a hacérmelo mirar”.

Y empecé a entender. Empecé a entender porque empecé a contar cada vez más cómo había sido mi experiencia maternal. Y empecé a escuchar. Había testimonios muy positivos y otros que no lo eran tanto. Y la culpa empieza a irse. No era blanda, no era rara, simplemente había tenido una experiencia diferente. Diferente a lo que está mitificado, pero no muy lejos de lo que muchas madres habían vivido.

¡¡Llega la toma de conciencia!!

¿Lactancia durante 25 meses pasando lo que había pasado? COMPENSACIÓN. Compensar el sentimiento de culpa era lo que me había llevado a sufrir lo indecible. Compensar lo que no había podido ser y se suponía que debía haber sido.

Y gracias a que tomé conciencia pude reconducir mi comportamiento y volver a mi camino, porque son muchas las madres que esa compensación la llevan a otro nivel.

AQUÍ TE LO CUENTO…

Me he ido encontrando madres que, por no sentir lo que se supone que debían haber sentido, han llevado esa compensación a su estilo de crianza.

Es un comportamiento totalmente inconsciente, del que ni te das cuenta.

Empiezas a consentir absolutamente todo a tu hijo. Le haces muchos regalos. Le permites muchas cosas. Cedes ante sus exigencias. Es él quien elije qué hacer y dónde ir. Y, así, sin darte cuenta, vas entrando en un bucle del que no sabes salir. ¡OJO! No siempre es por el mismo motivo. Hay padres que hacen esto en compensación por no pasar todo el tiempo con sus hijos que consideran que deberían. O para compensar la culpa por haber tenido que dejarlo en la guardería muy pequeño para irse a trabajar. O por otras muchas cosas.

Pero, es cierto, que en las sesiones individuales y en los talleres, me he encontrado con varias mujeres que esa compensación les viene por el embarazo, el parto, el post-parto o por todo a la vez.

¿Y QUÉ CONSEGUIMOS?

Pues nada positivo para nuestros hijos. Conseguimos que se conviertan en niños exigentes, irresponsables, intolerantes, caprichosos, dueños de nuestra vida, etc.

‘La culpa nos la debemos trabajar nosotros, no compensarla a través de ellos’

Primero, considero totalmente necesario crear conciencia de que el embarazo es un momento único que dura lo que dura (para unas mucho, por el grado de dolor. Para otras poco, porque son de las afortunadas, como digo yo). Único porque se gesta una vida dentro de ti y eso no lo puede vivir todo el mundo. Tan único que el otro día me preguntó mi matrona “A pesar de todo el dolor que tienes y todo lo que te ha pasado ¿cambiarías el embarazo y harías que lo pasara tu marido en lugar de pasarlo tú?” Y la respuesta fue clara, en mi caso: “No”. Pero eso NO SIGNIFICA que sea maravilloso.

Ahora bien, habrá muchas mujeres que SÍ hubieran deseado que fueran sus parejas quienes vivieran el embarazo. Y si me apuras, hasta el parto y el post-parto. ¿Y? ¿cuál es el problema? NINGUNO!!!

¿QUÉ TAL EL SEGUNDO EMBARAZO?

Pues peor que el primero, con diferencia!! Mucho más dolor, mucho más reflujo, desgarros varios por las adherencias de la primera cesárea. Dormir semi-incorporada desde el segundo trimestre. Madrugadas de vómitos. Días sin poder salir por no poder andar. Anemia. Rinitis gestacional. Cansancio extremo.

¿La diferencia? Estoy tranquila. No siento culpa. Lo cuento sin miedos porque me da igual lo que puedan pensar los demás.

Sí, estoy embarazada, no estoy enferma!! Precisamente por eso, porque estoy embarazada, estoy así. No mezclemos peras con limones señores.

El embarazo NO siempre es maravilloso y especial. El embarazo, muchas más veces de lo que nos pensamos, DUELE y es INCÓMODO. Por el camino se queda tu cuerpo, tu estabilidad emocional y tu rango de movimiento, entre otras muchas cosas.

El parto NO siempre es tan genial. Hay muchas mujeres que no sienten esa conexión con sus bebés. ¿Por qué? Porque, al parecer, esa conexión se siente debido al subidón hormonal de oxitocina y otras hormonas presentes, de manera natural, justo en el momento del parto. Cuando se utiliza oxitocina sintética, epidural, raquídea o anestesia, es decir, cuando el parto no es 100% natural, se produce un bloqueo de esas sustancias que el cuerpo produce. De ahí, que en muchísimas ocasiones, no se sienta esa famosa conexión o enamoramiento.

¿Y?… ¡¡NADA!!, NO PASA NADA. Porque esa conexión, antes o después, acaba llegando. Quizá un día cuando lo cojas y lo arrimes a ti, o una mañana cuando vayas a verlo y te sonría, o simplemente con el paso del tiempo te des cuenta de que estás totalmente conectada a tu bebé y no seas ni consciente de en qué momento llegó o pasó.

El post-parto, en muchas muchas ocasiones, es DURO. Hay un cambio hormonal muy potente, estás agotada, tienes dolor, además no paras de tener visitas que hacen que tengas que estar activa cuando, quizá, lo único que quieres es descansar. Te ves obligada, por presión social, a seguir cuanto antes con tu vida como si no hubiera pasado nada, porque parece que es de ser más mujer cuanto antes hagas vida normal. Pues NO!! PARA!! Descansa, dedícate a tu bebé, a quererte y a cuidarte. Son momento que no van a volver, disfrútalos!! Porque, además, si tú no estás bien y no te cuidas, no puedes cuidar a tu bebé y no puedes estar al 100% con él. Y NO, no eres más mujer ni más madre por hacer vida normal el día después de dar a luz.

Y si decides volver a trabajar pronto, porque no puedes permitirte estar de baja, vuelve!! Pero vuelve cuando estés recuperada. Y vuelve SIN CULPA.

Y NO, no todos los bebés comen cada 3 horas y duermen el resto del tiempo. No todos los bebés duermen toda la noche, ni tan siguiera una hora seguida. Hay bebés que no duermen, o que duermen durante el día cuando tú no puedes, o sólo cuando están en tus brazos. Hay bebés que no tardan 10 minutos en comer, ni 20, sino hora y media o más.

Y NO, la maternidad no siempre es cosa de otro planeta. La maternidad también duele, da miedo, cansa, te hace sentir vulnerable y NO PASA NADA!!

CONCLUSIÓN

Si eres de las que has tenido un embarazo, un parto, un post-parto geniales y un bebé que come y duerme, no te imaginas lo afortunada que eres. Pero toma conciencia de que no todas han tenido la misma suerte que tú, ni la misma experiencia con la maternidad. Así que, utiliza la empatía y plantéate que quizá lo más adecuado no sea juzgar, sino acoger, escuchar y ponerte en el lugar de la otra persona.

Y si eres de las que no ha tenido una experiencia con la maternidad como te habían contado, no te preocupes, no eres la única, no estás sola. Somos muchas las que hemos pasado por ahí. Te animo a que des voz a todas esas mujeres con la intención de crear conciencia y desmitificar el embarazo y todo lo que viene después.

Libérate de la culpa porque, de lo contrario, sólo va a traer consecuencias negativas en la educación de tus hijos. Hiciste lo que pudiste según tus circunstancias emocionales en ese momento, no hay más!! Pero, por favor, no trates de compensar.

Y, al resto de personas, ahorraos el juzgar y opinar sobre algo por lo que no habéis vivido. Tengo una amiga que me decía: “cuando me contabas que no dormías por la noche pensaba que estarías cansada pero que seguro que era una manera de hablar. Ahora que lo estoy viviendo yo con el segundo hijo, es cuando entiendo perfectamente lo que me decías. Esto no me lo hubiera imaginado nunca”. Hasta que no lo vives, no lo sabes, ni te lo imaginas. Y por mucho que te lo puedas imaginar, siempre va a ser menos de lo que en realidad es.

Por lo tanto, y para terminar, en muchas ocasiones:

  • El embarazo duele y es incómodo.
  • El parto no siempre tiene ese momento de conexión y enamoramiento y NO PASA NADA, llega, antes o después, llega.
  • El post-parto es duro y también duele.
  • NO todos los bebés duermen toda la noche, ni comen cada 3 horas en 10 minutos.

Resumiendo: Quéjate lo que te dé la gana porque estás en todo tu derecho. Y libérate de la culpa porque no te va a traer nada positivo. NO eres culpable de nada.

PD: Me ha quedado un poco largo….lo sé!!

Te animo a que me cuentes tu experiencia o tu opinión más abajo en los comentarios 😉

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